A las tres de la mañana, el silencio reinaba en la mansión Rossi. Esperé en la penumbra de mi habitación, sentada en el borde de la cama, hasta que la última luz del pasillo se apagara y todos durmieran.
Me descalcé y bajé las imponentes escaleras principales sosteniendo la respiración, sintiendo el aire helado de la noche erizarme los poros de los brazos.
Al llegar a la planta baja, me dirigí directamente al despacho de mi padre. La pesada puerta cedió con un leve gemido que me dejó inmóvil du