El sol de la tarde caía con fuerza sobre el patio de la parroquia, tiñendo de un dorado espeso los puestos de madera de la kermés. El bullicio de las familias, las risas de los niños y el olor a pasteles fritos creaban una atmósfera de aparente felicidad. Cumpliendo mi promesa a los pequeños, había logrado salir de la mansión sin la compañía de mi familia, alegando que me reuniría con amigos para despejar la cabeza antes de mi primer día en la corporación Rossi.
—Por fin te dejas ver pecadora.