Capítulo 2.

Tianyu

La mansión se encontraba en silencio, en completa paz. Me gusta el silencio; es limpio, no exige nada. El ruido, en cambio, siempre me ha parecido una invasión. No me gustan las fiestas, ni las personas que necesitan llenar el aire con palabras vacías para sentirse vivas. Tampoco soporto el frío. Lo odio. De hecho, odio muchas cosas y a casi todas las personas.

Khan estaba echado bajo el escritorio, justo sobre mis pies, una presencia pesada y tranquila que no pedía explicaciones.

Ese momento de orden fue interrumpido por Zhenyu. Sus gritos resonaron por todo el pasillo, profanando la calma que conducía a mi despacho. Este era mi espacio, un lugar que acondicioné a mi medida, no a la de mi padre ni a la de nadie más. No dejé que nadie metiera las manos en el pequeño mundo que he creado para mantener la cordura.

—¡Tianyu! —su voz rompió mi silencio como un cristal estrellándose contra el suelo.

A mis pies, Khan pegó un respingo y movió las orejas, alerta, captando la irritación que empezaba a recorrerme.

—¡Ti! —usó ese maldito diminutivo. Sabía que lo odiaba, y precisamente por eso se empeñaba en escupirlo cada vez que podía.

Empujó la puerta sin pedir permiso y asomó la cabeza con esa sonrisa de demente que solo él se atreve a mostrarme.

—¿Qué? —pregunté, sin mover un solo músculo del rostro. Mi tono era gélido, suficiente para congelar a cualquiera que no fuera él.

—El viejo… —se detuvo un segundo y entró, cerrando la puerta tras de sí—. Tu padre quiere verte.

Puse los ojos en blanco y solté una exhalación pesada, sintiendo cómo el humor se me amargaba por completo.

—¿Qué quiere ahora?

 —Verte —respondió con una obviedad estúpida—. ¿Qué más podría querer el viejo a estas horas?

—Ojalá se muriera —solté con total naturalidad. No era un deseo, era una observación de lo mucho que mejoraría mi día si ocurriera.

Me puse de pie. El movimiento fue fluido, preciso. Salí del despacho con Khan pisándome los talones, pero lo detuve antes de que cruzara el umbral.

—Alto —le ordené. El perro se detuvo en seco en medio del pasillo—. Quédate ahí.

Señalé el interior del despacho y él obedeció. Al viejo no le gustaban los perros, ni los gatos, ni nada que pudiera considerarse mínimamente adorable o esponjoso. Khan no era ninguna de esas cosas —un doberman es una máquina de guerra, no un peluche—, pero el viejo odiaba cualquier rastro de humanidad. Era un ser tan despreciable, tan podrido por dentro, que cualquier destello de afecto ajeno le provocaba repulsión.

—No entiendo cómo le tienes tanta paciencia a Khan —comentó Zhenyu, caminando a mi lado—. Ni siquiera a mí me soportas tanto.

—Por eso me cae mejor que tú —respondí sin mirarlo—. Él no habla hasta por los codos ni se la pasa comiendo cada hora.

Zhenyu entornó los ojos, fingiéndose indignado por las verdades que yo soltaba con la misma frialdad con la que despacho un negocio.

Khan regresó al despacho, a la seguridad de ese territorio que le permitía ser un animal sin ser juzgado. No quería que mi detestable padre le pusiera un ojo encima; con tal de verme infeliz, ese hombre era capaz de cualquier bajeza.

Avanzamos por la casa, cruzando corredores que se sentían cada vez más ajenos a medida que nos acercábamos a la zona designada para mi padre. Era un ala privada que incluía su habitación, su despacho, la sala de reuniones y ese consultorio médico permanente con habitaciones para sus enfermeras.

En cuanto herede este lugar, mandaré derribar todo aquello. Esa área desentonaba con el resto de la casa, igual que él desentonaba con el mundo moderno. El viejo se aferraba a las tradiciones: muebles de madera oscura que olían a rancio, caligrafía antigua en las paredes y una estética clásica que me resultaba asfixiante.

—También quisiera que obedecieras como lo hace Khan —añadí, rompiendo el ritmo de sus pasos.

—¿Ah, sí? ¿No te gustaría ponerme una correa también? —preguntó él en ese tono juguetón que siempre rozaba el límite de mi paciencia.

—No estaría mal —comenté, imaginando por un segundo el silencio que ganaría si pudiera silenciarlo con un tirón de cadena.

—Qué gracioso eres —dijo Zhenyu, sin una pizca de diversión en la voz. Sabía que no bromeaba; la idea de la correa le daría paz a mis oídos.

Caminamos hacia la habitación de mi padre. El aire allí dentro siempre estaba viciado, impregnado de ese olor a enfermedad y productos de limpieza que intentaban ocultar lo inevitable. Una enfermera terminaba de revisarlo. Se le veía decaído, cansado, más débil que la última vez. El blanco de sus ojos tenía un tono amarillento que delataba que sus órganos estaban empezando a rendirse.

Esa semana el médico había venido tres veces. Regularmente lo hacía una, pero el reloj de arena del viejo se estaba quedando sin granos.

La enfermera se retiró, dejándome a solas con él. Zhenyu no desaprovechó la oportunidad para coquetear con la mujer mientras cerraba la puerta. Típico de él: buscando distracción mientras yo entraba al foso de los leones.

—Mañana te casas con la hija de Zhao —soltó el viejo. Se puso de pie con una dificultad que casi daba lástima, apoyándose en su bastón como si fuera su única conexión con el mundo de los vivos.

—No me interesa —respondí. Mi voz sonó plana, sin rastro de emoción.

—Para ti no lo es, pero para mí sí, y no quiero que lo arruines —sentenció.

Se encontraba tan débil que apenas podía sostener su propio peso. La pijama se le pegaba a la piel marchita; ya no había músculo, solo huesos y pellejos que colgaban de una estructura que alguna vez fue imponente.

¿Cuándo se va a morir de una vez?, pensé. La espera se estaba volviendo tediosa.

—Zhao tiene negocios buenos en Hong Kong y debes aprovechar eso para expandir nuestro imperio —bufé, poniendo los ojos en blanco sin disimulo alguno—. No me mires de esa manera.

Con pasos lentos y tortuosos, se acercó a la ventana. Parecía un fantasma recorriendo su propia celda.

—Esto es un negocio, siempre lo he sabido —dije, cruzándome de brazos mientras lo observaba desde la sombra—. Siempre me dejaste claro que el matrimonio no es más que un intercambio donde ambas partes obtienen algo. Pero aún no entiendo por qué la hija de Zhao. Hay piezas mejores en el tablero.

—Él prometió que su hija obedecería. Juró que sería la esposa perfecta y te daría hijos; todos los hijos que tú quieras —solté una risa amarga que resonó en las paredes frías.

—¿Hijos? ¿Para qué?

—¿Cómo que para qué? —Empezó a toser y todo su cuerpo se agitó violentamente. Los espasmos eran tan fuertes que parecía que se desmayaría allí mismo. Casi pude oler la muerte de cerca—. Necesitas un heredero.

—No quiero hijos —sentencié, cortando su aire.

—¡Necesitas un heredero! —Quiso alzar la voz, pero el grito se quedó en un susurro áspero. Apenas podía mantenerse en pie.

Ya tenía un pie cerca de la tumba, pero sus dedos sarmentosos seguían aferrándose a la vida y a sus estúpidos planes.

—¿Para qué? —repetí.

La indiferencia con la que le hablaba debió dejarle claro que su visión del futuro no era la mía, pero poco le importó. Seguía hablando como si yo fuera un subordinado más escuchando una orden.

—¿Para qué? ¿¡Para qué!? —Su grito salió bajo, carente de aquella energía de hace meses, cuando un solo gesto suyo nos hacía temblar a todos. Ahora era solo ruido—. ¿Quién se hará cargo de los negocios cuando mueras? Piensa bien, Tianyu. Un hijo es un seguro para que el apellido de la familia se mantenga en alto.

Me pellizqué los lagrimales, sintiendo el cansancio acumulado. Expulsé el aire entre los labios, buscando una salida a esta conversación circular.

—Meilin puede darte ese nieto que tanto quieres. Ella está más que dispuesta.

—¡No! —Al parecer se mareó, porque tuvo que aferrarse al bastón para no besar el suelo—. Tienes que ser tú quien le dé el primer heredero a esta familia. Tiene que ser sangre legítima de la alianza.

—Estoy arriesgando mi futuro al casarme con una mujer a la que no amo y ni siquiera conozco. No voy a destruir mi vida teniendo un hijo que no quiero. No seré el padre que tú fuiste.

—No es opción —dijo. Su voz se escuchaba cada vez más lejana, más enterrada—. Deberás cumplir con tus obligaciones y darme un nieto antes de que me vaya.

—Para cuando eso suceda vas a estar pudriéndote, así que no me preocupa lo que quieras —dije sin sentir ni una pizca de remordimiento.

No sentía nada. Ni odio, ni lástima, ni afecto. Él se había encargado de quitarme el miedo y la esperanza hace mucho tiempo. Solo quedaba este vacío eficiente en el que yo operaba.

—¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera? —entornó los ojos en mi dirección. Su mirada era fría, un témpano de hielo que ya no lograba quemarme.

Nunca fue delicado ni atento conmigo; todo ese afecto, si es que alguna vez tuvo un poco, se lo llevó Mei. Pero no la culpaba a ella por los vacíos que mi padre dejó en nuestra infancia. La culpa era solo de él, de su incapacidad para ser algo más que un dictador.

—Así como me ves, sigo siendo tu padre y me debes respeto.

—El respeto se gana —respondí, sosteniéndole la mirada sin parpadear—, y tú no eres merecedor del mío. Si me permites…

Intenté darme la vuelta. No quería desperdiciar un solo segundo más de mi mañana respirando el mismo aire viciado que él. Pero lo que soltó a continuación me obligó a detenerme.

—Si continúas así, desobedeciendo, voy a nombrar a tu primo Zhenyu como mi heredero.

Solté una risa amarga y vacía que rebotó en las paredes del cuarto. Una amenaza tan desesperada que resultaba patética.

—No lo harás.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó, apretando el puño sobre su bastón.

—Porque piensas que Zhenyu es un bueno para nada, un deshonor para la familia que no puede hacer las cosas bien. Yo no pienso lo mismo, pero tú sí. Para ti, las personas somos piezas desechables que solo sirven si alimentan tus intereses. Nunca has visto potencial en mí, mucho menos en él. ¿Cómo vas a dejarle el imperio a alguien en quien no confías?

Se quedó callado un segundo, procesando la verdad que acababa de lanzarle a la cara.

—Puedo hacerlo y lo haré si veo que no pones de tu parte.

—Hago lo que me corresponde. Cumplo con lo que me pides y, si eso no es suficiente para ti, no me importa —me encogí de hombros con absoluta indiferencia—. No me interesa llenar tus expectativas, viejo. Pronto te vas a morir, y ese día, por fin voy a ser feliz.

—Nunca podrás serlo, Tianyu —siseó—. Estás seco por dentro. Tú no sabes amar.

Esa vez sí le di la espalda. Sus palabras no eran un insulto, eran un diagnóstico que yo ya conocía. Abandoné la habitación sintiendo cómo el olor a medicamentos y desinfectantes me revolvía el estómago. Estar más de diez minutos en su presencia era garantía de un dolor de cabeza asegurado.

A lo lejos, vi a Zhe con la enfermera. No tenía descaro alguno; coqueteaba con ella como si fuera el centro del mundo. La mujer parecía inteligente, lo suficiente para saber que debía mantenerse lejos de mi primo. Zhe era un mujerigo, un patán incapaz de mantener una relación estable. No se comprometía con nadie, solo con sus propios impulsos. Él no era hombre de ninguna mujer; era un "alma libre", o eso decía él para justificar su falta de carácter.

—Me llamas —le dijo a la chica con una sonrisa arrogante.

Negué con la cabeza y me alejé hacia la escalera. Zhe me siguió de cerca, recuperando su paso ligero.

—¿Ahora qué te dijo tu padre que te tiene de tan mal humor?

—No estoy enojado —solté, aunque mis pasos pesados dijeran lo contrario.

—Eso díselo a tu rostro.

Regresamos a mi área de la casa, al segundo piso, donde el aire se sentía más limpio. Khan descansaba en la terraza; al verme entrar, movió la cola, un gesto de lealtad que valía más que cualquier palabra de mi padre. Me senté tras el escritorio, listo para retomar el control de mi mundo.

A los pocos minutos, unos golpes suaves en la madera interrumpieron mi enfoque. Por la delicadeza del toque, supe que era mi madre.

—Adelante.

Zhe se adelantó para abrir. Mi madre entró con una bandeja de madera lacada: una tetera de porcelana, tartaletas de huevo, dumplings al vapor y fruta picada. Mi expresión se suavizó al verla. Era un contraste violento con el viejo; ella era todo lo que él nunca pudo ser.

—Les traje té y algo de comer —dijo con esa voz dulce que siempre parecía fuera de lugar en esta casa.

—Gracias, madre —me levanté y dejé un beso en su cabello. Ella me regaló una pequeña sonrisa.

—Sé que no quieres hablar de la boda —empezó, con cautela.

—No quiero hablar de la boda, pero ya tocaste el tema —le hice una seña para que continuara. Si alguien tenía derecho a molestarme, era ella.

—La fiesta del té es muy importante para la familia.

—No haremos esa ridícula fiesta del té —sentencié. No era una negociación—. Este matrimonio es solo para beneficiar a las dos familias, no por amor. No necesito un desfile de tradiciones.

No alcé la voz. No necesitaba hacerlo con ella. Suficiente tenía con las exigencias del viejo como para ser duro con la única persona que respetaba en esta mansión.

—No me interesa continuar con las viejas tradiciones, solo quiero casarme y terminar con esta farsa. ¿Los Zhao te han pedido que se realice? —ella negó con la cabeza—. Entonces no lo haremos. Punto final.

Zhe aprovechó el silencio para servirse dumplings y tartaletas como si no hubiera comido en años. Todo el día se la pasaba devorando algo; él sí que podría protagonizar un video de "lo que como en un día" y duraría horas.

Me senté de nuevo y miré el horizonte a través de la ventana. Mañana mi vida cambiaría, pero no de la forma en que los Zhao esperaban.

—Mañana me caso con Liyan y vamos a terminar con esta farsa. Al fin y al cabo, ella solo es el precio que tengo que pagar por mi libertad.

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