14. Renuncia voluntaria
El viento movía mi cabello de manera suave. Servía como un puente para traerme su olor masculino. Sus ojos, densos y penetrantes, se mantenían en los míos. Mi cuerpo reaccionó con rabia. En ese sentido, su insinuación me daba la sensación de que, para él, era una simple prostituta. La rabia comenzó a invadirme, expulsándose por los poros de mi cuerpo.
—Louisa —arrastró mi nombre con aspereza—, no te hagas imágenes tontas. Yo no te quiero para eso, solo que, conociéndote, no dejarás que Edward v