El papel bajo mis dedos se sentía pesado, como si la misma tinta arrastrara el dolor de los últimos seis meses.
Carter creía que una carta escrita a mano, una disolución de fondos y un despliegue de poder legal en Wall Street bastarían para borrar la imagen de su traición.
Pero mi proceso de sanación apenas comenzaba.
Los puntos de la cesárea aún me tiraban al moverme, y el cuerpo me recordaba cada noche el precio del desprecio que sufrí en Manhattan.
Analía crecía ajena a las corporaciones;