La alfombra roja del Plaza Hotel era una carnicería de flashes y gritos.
En cuanto bajamos de la limusina, el mundo pareció estallar en una luz blanca y cegadora.
El frío de la noche neoyorquina me golpeó las facciones de inmediato, pero antes de que pudiera procesarlo, la mano de Carter se deslizó firmemente por mi cintura.
Sus dedos largos se clavaron en mi costado con una posesividad que me dejó sin aliento, obligándome a pegarme por completo a su cuerpo.
—Sonríe, Evans —me susurró al oíd