El motor de la limusina apenas emitía un ronroneo mientras cruzábamos las calles congestionadas de Manhattan con rumbo al Plaza Hotel.
Fuera, la lluvia de la tarde neoyorquina empañaba los cristales tintados, aislando el habitáculo del resto del mundo.
Dentro, el espacio se sentía ridículamente pequeño.
Carter estaba sentado frente a mí, con las piernas elegantemente cruzadas y una tableta corporativa en la mano.
La iluminación azulada de la pantalla esculpía sus facciones afiladas, dándole