La luz del amanecer de Manhattan se filtraba de manera mortecina a través del inmenso ventanal de mi oficina.
No había pegado un ojo en toda la noche.
Mis ojos ardían, fijos en la pantalla de la computadora, mientras mis dedos repasaban mecánicamente las últimas líneas del informe financiero modificado.
Habíamos cubierto el rastro de la investigación interna sobre Marcus Vance, pero el ambiente en el piso cuarenta se sentía extrañamente denso, como la calma que precede a un bombardeo.
A las