Capítulo 4

A las once y media de la noche, mi teléfono celular sobre la mesa de noche comenzó a vibrar con violencia.

Deslicé la pantalla con los ojos entreabiertos.

El identificador decía Carter Sterling.

—¿Sterling? Son casi las doce —dije, con la voz ronca.

—Vístase, Evans. Un auto negro la espera abajo de su edificio en cinco minutos —su voz sonaba tensa, baja y más autoritaria que de costumbre.

—¿De qué está hablando? Mi horario terminó hace...

—Marcus Vance intentó acceder de forma remota al servidor central de la empresa hace veinte minutos desde una IP en las Bahamas.

Los analistas de ciberseguridad bloquearon el ataque, pero el FBI se pondrá en contacto con nosotros mañana a primera hora.

Necesito que borre los rastros digitales que usted dejó en el sistema SAP antes de que incauten los servidores.

Me senté de golpe en la cama, el sueño desapareciendo por completo.

—¿Quiere que obstruya a la justicia?

—Quiero que proteja nuestra estrategia de mercado —siseó Carter—. Si el FBI ve que estuvimos investigando un desfalco internamente antes de reportarlo, congelarán las cuentas operativas de la empresa por precaución. No podré pagar las telas de la colección de invierno.

Nos iremos a la quiebra antes del viernes.

Muévase.

Veinte minutos después, entré al edificio de la empresa.

El vestíbulo estaba a oscuras, iluminado solo por las luces de seguridad. Subí al piso cuarenta.

Al entrar a la suite ejecutiva, encontré a Carter de pie frente al cristal transparente de mi oficina.

Tenía la corbata desanudada y el primer botón de la camisa abierto.

—Llega tarde, Evans —dijo, sin darse la vuelta.

—Había tráfico en la Quinta Avenida, incluso a esta hora —respondí, encendiendo la luz de mi escritorio—. Déjeme entrar al sistema.

Me senté frente al ordenador mientras él entraba a mi oficina y se colocaba justo detrás de mí, apoyando una mano sobre el respaldo de mi silla y la otra sobre la superficie del escritorio.

Su cercanía física era abrumadora; podía sentir el calor de su cuerpo y su respiración controlada cerca de mi oído.

—Abra el registro de auditoría local —ordenó, con esa voz dominante que me erizaba la piel—. Modifique las marcas de tiempo de las consultas que hizo sobre las cuentas de Delaware. Que parezca una revisión rutinaria de fin de año, no una búsqueda dirigida.

—Mis dedos están temblando —admití, tecleando los comandos informáticos—. Si el gobierno descubre esto...

Carter se inclinó un poco más, su rostro a milímetros del mío.

Sus ojos azules reflejaban la luz azulada de la pantalla.

—No lo descubrirán si hace exactamente lo que le digo. Concéntrese, Evans. Usted es la mujer inteligente de los números, demuéstrelo ahora.

Tecleé el último código de encriptación y presioné la tecla de ejecución. Una barra de carga llegó al cien por ciento y la pantalla volvió a la normalidad.

—Listo —suspiré, dejándome caer contra el respaldo.

Al hacerlo, mi espalda chocó contra el firme pecho de Carter.

Ninguno de los dos se movió de inmediato.

La tensión en la oficina vacía y silenciosa mutó en algo espeso, una corriente eléctrica que ya no tenía que ver con las finanzas o el fraude.

Carter bajó la mirada hacia mis labios por una fracción de segundo.

Sus facciones se endurecieron, recuperando esa máscara de hielo indestructible. Se apartó con lentitud, rompiendo el hechizo.

—Buen trabajo, Evans. Mañana a las ocho quiero ese informe final en mi mesa. No crea que pasar la noche en vela la exime de sus obligaciones.

—Es usted un monstruo implacable, Sterling.

—Soy el hombre que le paga el sueldo.

Descanse cuatros horas.

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