El paso del tiempo en Manhattan ya no se medía por los cierres trimestrales de la Bolsa de Nueva York, sino por las líneas de tinta negra de la carta de lino que descansaba en el cajón de mi escritorio.
Sesenta días.
Dos meses exactos desde que el sobre físico con matasellos de Londres destruyera la última onza de mi megalomanía corporativa.
Sesenta días en los que el piso cuarenta de Sterling Fashion Group funcionó con la precisión quirúrgica de una máquina de hielo, pero bajo una directriz