El silencio que se instaló en el ático del Upper East Side tras nuestro regreso de la suite ejecutiva era de una naturaleza completamente distinta al de las mañanas.
No era un vacío hostil, sino una tregua densa, cargada de la vibración residual de lo que había sucedido en la pecera frente al FBI.
Mila se sentó a la mesa del gran comedor sin pronunciar una sola palabra.
Apenas tocó la cena que mi chef personal había dispuesto sobre la caoba pulida; se limitaba a mirar el cristal de su copa co