El cristal templado de mi suite ejecutiva era un recordatorio constante de que, por primera vez en mi vida, no tenía el control absoluto de las variables de mi propio imperio.
Desde mi escritorio de roble negro, observaba el despacho contiguo.
El panel transparente que yo mismo había ordenado instalar estaba activo.
Al otro lado, la escena me tensaba la mandíbula hasta hacerme daño: el agente especial Miller había instalado su computadora portátil y sus carpetas federales justo frente al esc