La limusina nos dejó en la suite del hotel a las dos de la tarde tras una maratónica sesión con los proveedores. En cuanto la pesada puerta de nogal del ático se cerró a nuestras espaldas, arrojé mi tableta corporativa sobre el sofá de cuero. La adrenalina de la reunión se había transformado en una furia líquida que me quemaba el pecho.
Carter se quitó la chaqueta del traje con una parsimonia insultante.
La tiró sobre un sillón y comenzó a aflojarse los primeros botones de la camisa, dándome l