Necesitábamos reírnos. La mayor parte del tiempo vivíamos enfrentados, al borde del conflicto.
—Pero te aseguro que el bebé no se irá a casa sin un nombre —dijo—. Aunque tengamos que llamarla “Hígado”… se lo pondremos.
Me reí con fuerza.
—Definitivamente eso nos consagraría como los peores padres del mundo.
—¿Y el apellido? —preguntó.
—¿El apellido? —repetí.
—¿Le vas a dar el mío, el tuyo o el de Julian? —insistió.
Solté una risa seca, no divertida, sino incómoda. ¿Cómo podía siqu