Pude notar el miedo en su voz, pero yo no hacía nada más que respirar su aroma. Sonreí al mirarla a los ojos.
Con ambas manos tomé la suya izquierda y presioné su palma abierta contra mi pecho.
—Te debo este corazón que late —murmuré—, y desde hoy latirá solo por ti, hasta mi último aliento.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mientras me miraba. En sus ojos vi amor, consuelo, seguridad, cuidado, paciencia y respeto. Sonreí, solté sus manos y deslicé mis dedos por su cabello,