La mañana siguiente llegó envuelta en luz dorada.
El sonido de las olas entraba por las ventanas abiertas, mezclándose con el aroma a café y pan recién hecho. La casa de la playa estaba viva otra vez, llena de pequeños ruidos cotidianos que, para Valeria, seguían sintiéndose como un milagro.
Damián estaba en la cocina.
Concentrado.
Demasiado concentrado para alguien que sólo estaba preparando el desayuno.
—¿Desde cuándo cocinas? —preguntó Valeria, apoyándose en el marco de la puerta, cruz