Damián me miró por encima de su cabeza. No hizo falta decir nada. En ese instante entendí que todo —el dolor, la espera, la furia, la locura— había tenido sentido para llegar allí.
Los días siguientes fueron tranquilos, casi irreales. Damián avanzaba poco a poco en su recuperación, a veces frustrado, a veces sorprendido por recuerdos que aparecían sin avisar: una risa, un olor, una sensación vaga que no podía nombrar. Yo no lo presioné. Aprendimos a vivir en el presente, no en lo que habíamos