Mateo
La noche caía sobre la mansión Santoro como un manto de terciopelo negro. Mateo observaba desde la ventana de su habitación cómo las luces del jardín se encendían una a una, pequeños puntos dorados que contrastaban con la oscuridad creciente. Igual que su ánimo: destellos de claridad en medio de una confusión abrumadora.
Llevaba días observando las miradas entre Luna y Leonardo, ese baile silencioso de dos personas que se atraen pero no terminan de encontrarse. Y cada vez que los veía jun