CAPÍTULO 15- TELEFONO APAGADO

CAPÍTULO 15- TELEFONO APAGADO

En la mansión

Bajo la estricta supervisión de su madre, Julian había regresado a la propiedad a las siete de la noche. Al entrar, el silencio de la casa lo recibió como un balde de agua fría.

Por eso, lo primero que hizo fue buscarla con la mirada, esperando encontrarla en la sala o en el comedor, pero no había rastro de ella. En el fondo, estaba deseando pedirle cara a cara una explicación para terminar, de una buena vez por todas, con el teatro.

Extrañado y con una punzada de irritación, llamó directamente a la empresa, solo para que le informaran que Chloe se había marchado hacía horas.

¿A dónde demonios se había ido sin avisar?

Tratando de calmar una ansiedad que se negaba a admitir, se encerró en el estudio, concentrado frente a su computadora. Pero la frustración no hacía más que acumularse; y es que la llamada de su abogado todavía le zumbaba en los oídos.

Las malditas exigencias legales y las condiciones del divorcio lo habían dejado de un humor de perros.

En ese momento, el celular sobre el escritorio vibró. Julian tomó el aparato con brusquedad y revisó el chat. Ricardo le había adjuntado una serie de fotografías; al principio, solo las miró con fastidio, pero en cuanto abrió la primera, su expresión cambió por completo.

Su rostro se quedó rígido, como si alguien le hubiera dado un golpe seco en pleno pecho. La mandíbula se le tensó, los ojos se le oscurecieron y el pulgar quedó inmóvil sobre la pantalla durante un segundo demasiado largo.

Ahí estaba Chloe. En un bar. Y rodeada de hombres.

Julian pasó a la siguiente foto con un movimiento lento, incrédulo. Luego a otra, y otra más. Con cada imagen, su semblante se desencajaba, y la sorpresa inicial se transformó en una furia espesa, hirviendo, de esas que no estallan de inmediato porque primero se clavan bajo la piel.

—Esta es la Chloe cuando nadie te vigila, ¿no? —murmuró para sí mismo—. Ahora que estás a punto de hacerte con una buena cantidad de dinero, empiezas a mostrar tu verdadera cara. La dulce esposa herida, la mujer silenciosa, la víctima perfecta ante los abogados.

Sus dedos apretaron el teléfono mientras clavaba su mirada asesina en los hombres que estaban junto a ella.

—Y, al parecer, también la mujer que sabe reírse en un bar mientras otros hombres la rodean como buitres hambrientos.

Soltó una risa seca, sin humor.

—Qué rápido aprendiste a celebrar.

Enseguida, deslizó el dedo hacia la siguiente fotografía y sintió que algo dentro de él se contraía. En la imagen, uno de los hombres estaba demasiado cerca de ella, demasiado inclinado hacia su cuerpo, demasiado cómodo en un espacio que Julian, con una rabia que le quemó hasta los huesos, todavía consideraba suyo.

Hizo zoom y las sienes le palpitaron. El muy desgraciado le estaba tocando la mano.

Salió de la aplicación con los dedos temblando de rabia y marcó directamente el número de ella. Un número que, por supuesto, no tenía en su agenda. Sin embargo, había tenido que rebajarse a exigírselo a Mónica, la asistente de Chloe, utilizando su poder para acorralarla: «Dame su número privado ahora mismo. Y si le dices una sola palabra de que lo pediste, estás despedida», le había advertido, implacable, negándose a aceptar que era él quien la estaba buscando.

Su orgullo no le permitía otra cosa.

Sin embargo, al marcar, el sistema le indicó de inmediato: «Lo sentimos, el número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio...».

Intentó marcar dos veces más con el pulso acelerado, pero recibió la misma respuesta automática.

Antes de que la grabación terminara, Julian arrojó el teléfono y el aparato rebotó con un golpe seco que resonó en las paredes. La indignación y esa sofocante posesividad le quitaron por completo las ganas de seguir trabajando, así que se levantó de golpe y caminó hacia el ventanal.

El jardín permanecía en completo silencio, sin el menor indicio de que algún auto estuviera por llegar, mientras la impaciencia lo devoraba por dentro.

Dejó escapar un suspiro cargado de una frustración tóxica y permaneció de pie frente a la ventana, vigilando la entrada como un halcón. Contó cada maldito minuto hasta que, finalmente, divisó los faros del auto blanco entrando a la propiedad. Solo entonces, con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta, se dio la vuelta para salir del estudio.

Afuera, Chloe bajó del auto y se revisó la ropa por instinto. Al notar el ligero aroma a tabaco y alcohol característico de los bares, sacudió un poco su saco antes de caminar hacia la entrada.

—¡Chloe, en serio tenemos que repetir la salida el próximo fin de semana! —la voz de Harper resonaba divertida y un tanto achispada desde el auto—. ¿Viste lo guapos que estaban los chicos de la mesa de al lado? El de la camisa negra no te quitaba los ojos de encima.

Chloe soltó una risita suave, sintiéndose ligera y un poco alegre por el par de copas que se había tomado.

—Harper, por Dios, cállate —la regañó con tono divertido, intentando sonar seria—. Si Austin se entera de lo que estás diciendo, se va a poner como loco. Sabes perfectamente cómo se pone cuando te vas de fiesta.

Harper soltó una carcajada ruidosa y despreocupada.

—¡Ay, por favor! Si Austin me ama de verdad, me dejará ser feliz y divertirme un rato. Además, no hice nada malo, solo mirar el menú... ¡y el menú estaba buenísimo!

Chloe negó con la cabeza, pero con una sonrisa juguetona pintada en el rostro debido a las ocurrencias de su amiga.

—Estás loca. Ve a dormir ya, hablamos mañana.

—Buenas noches, amargada. ¡Sueña con los universitarios!

El Lamborghini de Harper derrapó al salir de la entrada y Chloe entró a la casa con una sonrisa ligera, los ojos brillantes y las mejillas ligeramente encendidas, riéndose sola mientras recordaba la noche.

Sin embargo, en cuanto cruzó la puerta, su mirada chocó con la figura de Julian, que la esperaba. En ese preciso instante, su risa se extinguió y su rostro se volvió completamente serio y distante.

El cambio fue tan drástico que golpeó a Julian directo en el orgullo. El contraste lo destrozó por dentro: a esos hombres en el bar les regalaba su alegría; a él, solo le quedaba su indiferencia.

—¿De dónde vienes? —soltó él con frialdad—. ¿Y porque tenías el maldito teléfono apagado?

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