CAPÍTULO 14- SABOTEANDO UN EMPLEO

CAPÍTULO 14- SABOTEANDO UN EMPLEO

Al salir del bufete, Julian subió al auto y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

El chofer lo miró por el retrovisor viendo su expresión.

—A la empresa.

El hombre asintió y puso el auto en marcha sin hacer preguntas. Mientras el vehículo avanzaba por las calles, las palabras del abogado resonaban en su cabeza.

«Cuarenta y cinco por ciento de las acciones.»

Chloe lo había sabido desde el principio.

Tenía que haberlo sabido.

Por eso había aceptado el matrimonio en primer lugar, por eso nunca había protestado cuando él la ignoraba, porque estaba esperando.

Calculando.

Planeando el momento perfecto para despojarlo de todo.

Sus manos se cerraron sobre sus rodillas.

—Muy bien, Chloe —murmuró para sí mismo—. Has jugado perfectamente tus cartas. No solo me usaste como tu reemplazo, sino que también tendrás un gran premio por este divorcio. ¡Qué astuta eres!

El auto se detuvo en un semáforo y Julian miró por la ventana sin ver realmente nada; la ciudad pasaba frente a él como una mancha borrosa.

Pero de toda la situación, lo que más le ardía no era el dinero.

No era perder la mitad de su fortuna.

Era saber que ella había tenido un motivo oculto todo este tiempo.

Era saber que cada sonrisa, cada cena preparada, cada "¿me amas?" había sido parte de un plan.

Frustrado, sacó su teléfono y marcó un número. La llamada se conectó al segundo tono.

—Megan.

—¿Señor Kingston?

—Averigua qué empresa quiere contratar a Chloe y diles que si le dan ese empleo, me aseguraré personalmente de que pierdan todos sus contratos con cualquiera y que bloquearé cualquier inversión que intenten conseguir en los próximos cinco años. ¿Entendido?

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—Señor, ¿está seguro de...?

—¿Entendido?

—Sí, señor. Me encargo de inmediato.

(…)

Mientras tanto, en otro lado de la ciudad...

Chloe, ajena a toda la tormenta que Julian traía en su cabeza, se encontraba frente a su mejor amiga: Harper.

—Olvídate de eso por hoy, vamos a salir un rato para que te despejes.

Chloe negó en el primer segundo.

—No, Harper... no estoy de ánimos...

La chica de cabello castaño y ojos verdes rodó los ojos.

—¿Qué edad tienes? ¿Setenta? —Se cruzó de brazos y la miró con exasperación—. La abuela de Austin tiene casi ochenta y se cree de dieciocho. Sale más que tú.

Chloe sonrió ante la comparación.

La verdad es que Austin estaba enamorado de Harper, pero ella no terminaba de darle el sí.

Y no entendía por qué.

Austin Coleman era todo lo que una mujer pudiera soñar en un hombre.

Era atento sin ser asfixiante, divertido sin ser infantil, y trataba a Harper como si fuera lo más valioso que había en su vida. Le alegraba que al menos su amiga sí hubiera encontrado un buen partido.

De repente sintió la mano de Harper sobre la suya.

—Chloe, tienes que empezar a vivir la vida. Gracias a Dios vas a dejar a Julian. ¿Y qué va a pasar después? ¿Seguirás encerrada, sin vida, sin oportunidad de conocer a alguien?

Chloe no dijo nada.

Se quedó mirando su taza de café, viendo cómo el vapor subía en espirales. La verdad es que se había acostumbrado tanto tiempo a la soledad que se le había olvidado cómo vivir, cómo sonreír sin forzarlo, cómo hablar sin medir cada palabra, cómo simplemente ser sin tener que protegerse constantemente.

Su silencio fue interpretado por Harper de otra manera y los ojos verdes de su amiga se abrieron con sorpresa.

—Espera... no me digas que... en serio... ¿piensas en Andrew?

Chloe se sonrojó y apartó la mano de golpe.

—No, claro que no.

Las palabras salieron demasiado rápido como para detenerlas, aunque después se lamentó.

—No sé por qué piensas eso... solo... solo fue un beso de... no sé... ¿locura tal vez?

La cosa es que Chloe había cometido una tontería años atrás.

Una apuesta, mejor dicho.

Ella y Harper, siendo tan amigas, habían hecho una apuesta sobre besar al hombre más atractivo que conocieran.

Para Chloe, el único hombre atractivo en aquel entonces era Julian, pero no estaba; se había ido a una misión militar, así que nada más quedaba Andrew.

Ella reunió todo el valor que tenía, se acercó a él en el jardín de la mansión Kingston y lo besó.

Lo que no esperaba era que él le correspondiera, que la tomara de la cintura y profundizara el beso hasta dejarla sin aire.

Cuando se separaron, Andrew la había mirado con una intensidad que no hablaba de amigos.

Y luego simplemente se había ido sin decir nada; nunca volvieron a hablar de eso.

Chloe sacudió la cabeza, apartando el recuerdo.

—¿Sabes qué? Me convenciste. —Cambió de tema deliberadamente—. Salgamos. Vayamos por unas copas, ¿feliz?

Harper puso una sonrisa de oreja a oreja, complacida de haberse salido con la suya.

Por la tarde, arrastró a Chloe a un exclusivo bar de la ciudad.

El lugar era uno de esos establecimientos donde cada detalle gritaba lujo discreto: paredes de ladrillo expuesto con iluminación indirecta en tonos ámbar, sofás de terciopelo color vino distribuidos estratégicamente alrededor de mesas bajas de mármol negro, y una barra que se extendía a lo largo de toda la pared del fondo, iluminada desde abajo con luces LED azules que hacían brillar las botellas de licor premium como joyas en un escaparate.

La música era lo suficientemente alta como para crear ambiente, pero no tanto como para impedir la conversación. Un DJ mezclaba ritmos electrónicos suaves desde una cabina elevada en la esquina, mientras meseros vestidos de negro se movían entre las mesas con bandejas de cócteles coloridos.

Chloe se sintió fuera de lugar de inmediato, rodeada de gente que reía demasiado fuerte y bebía demasiado rápido. El aire olía a perfumes caros mezclados con el aroma dulzón de los licores y el humo de algún cigarro electrónico con sabor a vainilla.

Al ver a su amiga saludar animadamente a varios conocidos, Chloe preguntó con desconfianza:

—Harper, ¿este era tu gran plan para que me despejara?

Su cuñada alzó una ceja con complicidad.

—Por supuesto. A mi hermano le encanta salir de fiesta y desaparecer, ¿no? Pues tú vas a hacer exactamente lo mismo. Quédate fuera y diviértete, a ver si así prueba un poco de su propia medicina.

Chloe soltó una ligera risa, teñida de amargura.

—Estás valorando demasiado el lugar que tengo en su vida.

—Bueno, pero al menos le darás un buen golpe a su ego de macho —le guiñó un ojo mientras la obligaba a sentarse en uno de los sofás de terciopelo y le servía un martini de una coctelera plateada que había pedido a la mesa.

De los hermanos Kingston, Harper y Andrew eran los más cercanos.

Desafortunadamente, ella y Julian no se soportaban; Harper era demasiado liberal para el carácter posesivo y restrictivo de él. En su defensa, Chloe quería pensar que esa actitud se debía a su carrera militar, pero a esas alturas ya sabía que Julian solo era estricto con quienes le caían mal.

Después de todo, lo había visto ser increíblemente dulce con Vanessa.

El recuerdo hizo que Chloe apretara el tallo de la copa, un gesto que Harper no pasó por alto.

—Deja de darle vueltas al asunto. Tienes que sacar a mi hermano de tu cabeza por unas horas; de lo contrario, me va a terminar preocupando que caigas en una depresión.

—Está bien, me divertiré.

Chloe le dio un trago a su bebida y guardó silencio; después de todo, su amiga lo hacía con la mejor intención y no quería arruinar la noche. Aunque no era muy afecta a la vida nocturna, hizo su mejor esfuerzo por integrarse.

Poco después, Harper invitó a unos universitarios de una mesa cercana a unirse a ellas y lo que empezó como una simple charla, rápidamente escaló gracias a los tragos hasta convertirse en un atrevido juego de «Verdad o Reto».

Chloe intentó mantenerse al margen, pero Harper no se lo permitió.

Sin embargo, no muy lejos de allí, en otra sección VIP del bar separada por cortinas de gasa negra, un grupo de conocidos observaba la escena.

De repente, uno de ellos, Ricardo, exclamó con sorpresa:

—¿Aquellas de allá no son Chloe y Harper?

Al escuchar el comentario, los demás voltearon de inmediato.

—Es verdad, es Chloe. ¿Qué hace en un bar a esta hora? ¿Ya se cansó de jugar a la esposa perfecta?

—Seguramente Harper la arrastró hasta aquí.

—Esperen, no vayan a saludar todavía. Déjenme tomar unas fotos y un video primero —dijo Ricardo con sonrisa maliciosa y sacando su teléfono para enfocar a Chloe—. Miren nada más a la paciencia andante de los Kingston. ¿Será que finalmente decidió rebelarse? Tengo que mandarle esto a Julian de inmediato.

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Teresa MaldonadoJajaja Ricardo chismoso jajaja déjala q se divierta
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