Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 13- CLÁUSULAS DEL DIVORCIO
Durante los días siguientes, Evelyn no se marchó a ninguna parte. Se instaló formalmente en la mansión y la situación generó una tensión tan pesada en la habitación de su hijo que estaba llevando a Chloe al borde del colapso.
Debido a que el sofá era bastante pequeño e incómodo, ella terminaba cayéndose al suelo varias veces cada noche.
En muchas de esas ocasiones, Julian se despertaba por el ruido y se daba cuenta de que ella se había caído, pero se limitaba a mirar, sin siquiera preguntarle si estaba bien o si se había lastimado.
Chloe, por su parte, tampoco decía nada ni delataba el hecho de que sabía perfectamente que él fingía estar dormido.
Llegar a ese nivel de distancia y desinterés en un matrimonio era algo fuera de lo común.
No fue hasta que su amiga Harper regresó de un viaje de negocios y la invitó a comer a un restaurante céntrico que Chloe por fin pudo respirar un poco de aire fresco.
Tras escuchar cómo estaban las cosas en su casa, su cuñada comentó con mucha frustración.
—Te lo advertí desde el primer día. Te dije que mi hermano era una basura y que no debías casarte con él ni loca. Pero claro, nunca me hiciste caso. Mira nada más el infierno que estás pasando ahora. Habría sido mil veces mejor que te hubieras quedado con Andrew.
Al escucharla nombrar al otro, Chloe esbozó una sonrisa nostálgica y triste.
—Uno a veces necesita estrellarse contra la pared más dura para entender el dolor y decidir dar la vuelta.
En el pasado, Julian no solo se había arriesgado para salvarla de aquel problema, sino que también la había hecho parte de su mundo.
La había llevado a conciertos, a jugar billar, a volar por los aires.
Porque no hay que olvidar que Julian era piloto militar.
Antes de convertirse en el CEO de la empresa, había pertenecido a las fuerzas especiales. De alguna manera, él la había impulsado a hacer cosas que ella jamás se habría atrevido a intentar por su cuenta.
Por eso, casi todos los recuerdos bonitos de su juventud estaban atados a la imagen de Julian.
¿Cómo no iba a terminar enamorada de él?
Además, en ese entonces ella de verdad creía que él sentía lo mismo por ella.
Por eso, cuando el abuelo Kingston le preguntó en su momento si prefería a Andrew o a Julian, ella eligió a Julian sin pensarlo dos veces.
Pero se había equivocado rotundamente, pensando en eso, Chloe agregó con un suspiro.
—Además, Andrew siempre me dio un poco de miedo. Desde que éramos niños me parecía un tipo demasiado estricto, incluso más que mi propio padre. Cada vez que lo veía por ahí, prefería mantenerme lo más lejos posible.
Viendo a Chloe tan desanimada, Harper bufó molesta.
—Mi hermano de verdad no tiene vergüenza en la cara. Se la pasa con esa mujer y aun así se atreve a sugerir que tú tienes a alguien más. Claramente juzga a los demás por su propia condición. No entiendo qué demonios le viste; él siempre ha sido un amargado de primera y solo es amable con Vanessa. Pero tú te empeñaste en ese necio.
Chloe sintió ganas de que la tierra la tragara por los reclamos tan directos de su amiga.
Al final, solo se limitó a sonreír con amargura.
—Era demasiado joven e ingenua. Pero ahora... ya puedo ver la cruda realidad. Y...—sonrió, pensando en que sería libre en poco tiempo—, al menos puedo empezar de nuevo sin él.
Harper la miró con mucha tristeza en los ojos, pero ya no dijo nada más; al menos sabía que Chloe por fin había tomado una decisión firme.
(...)
Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, un imponente auto negro se detenía frente al prestigioso bufete de abogados Lawson & Asociados.
Julian bajó del vehículo con semblante serio y caminó con paso firme hacia la oficina de Octavio, su abogado corporativo principal y hombre de confianza desde hacía una década.
Había tomado una decisión.
El rechazo de la noche anterior le había dejado claro que no había marcha atrás.
Sentándose frente al escritorio del abogado, Julian dejó escapar un suspiro cargado de una amargura que intentó camuflar bajo su habitual tono profesional.
—Prepara los papeles, Octavio —dijo, fijando la mirada en un punto vago de la pared—. Voy a darle el divorcio a Chloe. Hazlo de la manera más ágil posible.
Aunque se mostraba frio, por dentro, una opresión insoportable le apretaba la garganta, una sensación de derrota que su ego se negaba a aceptar en voz alta.
Pero se repetía a sí mismo en un intento de consuelo, que aquel matrimonio nunca debió haber existido.
Había sido una imposición de su abuelo, una jaula de oro nacida del resentimiento y de la culpa.
Era mejor terminar con esa farsa de una vez por todas.
Sin embargo, la sola idea de firmar el documento le dejaba un sabor amargo en la boca, un dolor sordo y punzante que nacía del miedo a verla marchar hacia los brazos de otro hombre.
Le enojaba sentirse tan vulnerable por ella, le enfurecía que Chloe tuviera el poder de desestabilizar su mundo con una sola mirada de desprecio.
Octavio se subió los lentes, mirándolo con una seriedad que encendió las alarmas de Julian.
El abogado negó lentamente con la cabeza y abrió una carpeta confidencial sobre el escritorio.
—Julian... si estás completamente decidido a proceder con esta firma, necesito que estés consciente de las consecuencias —advirtió el abogado con voz grave—. Espero que estés preparado para perder más de la mitad de todo lo que posees.
Julian frunció el ceño, enderezándose en la silla.
—¿De qué demonios estás hablando? Es un divorcio estándar. Cada quien se queda con lo suyo.
—No en tu caso —respondió el abogado, deslizando un documento notariado por la mesa—. Según las cláusulas específicas del contrato matrimonial que firmaste hace tres años, si el matrimonio se disuelve por iniciativa de cualquiera de las partes, Chloe Marie Pierce tiene derecho inmediato al cuarenta y cinco por ciento de todas las acciones del Grupo Kingston..
Julian se puso de pie tan rápido que la silla de cuero rodó hacia atrás, estrellándose contra el ventanal.
—¡¿QUÉ?! —su voz resonó como un trueno en la oficina—. ¡Eso es imposible! ¡Yo jamás firmé una estupidez como esa!
—Tu abuelo redactó este contrato personalmente la noche anterior a la boda y lo registró ante la junta directiva —explicó Octavio, manteniendo la calma—. Estabas tan furioso y apurado por casarte que firmaste los documentos sin leer la letra pequeña, Julian. El contrato es cien por ciento legal, ejecutable y no hay forma de apelar. Si firmas ese divorcio... Chloe se queda con la mitad de tu dinero.
Julian sintió como si le hubieran arrojado un balde de agua helada, su mente, rápida y calculadora, unió los cabos sueltos en un segundo.
La prisa de Chloe por conseguir la bendición del abuelo, su repentina frialdad, su exigencia implacable de agilizar los papeles de la corte... todo cobró un sentido retorcido y macabro ante sus ojos.
La resignación y el dolor silencioso que sentía hace unos momentos se evaporaron, siendo reemplazados por una furia ciega, volcánica y venenosa.
«¡Qué astuta eres, Chloe!», pensó, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula temblando de rabia. «Así que todo este tiempo estuviste actuando. Toda tu dulzura, tus cenas esperándome despierta, tus lágrimas de esposa herida... todo era parte de un maldito plan. Esperaste tres años exactos para que las acciones subieran de valor y ahora me pides el divorcio para despojarme de mi fortuna. Sabías perfectamente lo que decía ese contrato desde el primer día».
Miró a Octavio con una sonrisa gélida y letal, recuperando al implacable y despiadado CEO que no se tentaba el corazón por nadie.
—No voy a firmar una mierd4 —sentenció Julian, con una voz que destilaba puro veneno—. Si mi querida esposa cree que puede jugar conmigo y quedarse con mi dinero para irse a celebrar con otros hombres, está muy equivocada.







