CAPÍTULO 12- BATALLAS PERDIDAS

CAPÍTULO 12- BATALLAS PERDIDAS

Evelyn tragó saliva con nerviosismo y desvió la mirada hacia la ventana por un segundo antes de contestar:

—Porque... porque es tu esposa, Julian. Y porque merece un poco de respeto.

La respuesta sonó hueca y falsa incluso para sus propios oídos. Julian alzó una ceja, estudiando el rostro de su madre con esa mirada fría y penetrante que solía usar en las salas de juntas de la empresa.

—¿De verdad? Porque por la forma en que defiendes esto, parece que tú dependieras más de ella que yo.

El rostro de Evelyn se contrajo de golpe. Apretó los labios en una línea delgada y decidió contraatacar con un tono más alto del necesario:

—¿Y a ti? ¿Qué clase de hechizo te hizo esa mujer, Vanessa? Tienes a una esposa maravillosa en casa y andas por ahí corriendo tras la otra. ¡¿Acaso perdiste el juicio por completo?!

Julian sintió que la incomodidad le recorría la espalda como un escalofrío. No iba a ponerse a discutir las razones por las que seguía en contacto con Vanessa; la verdad era que su madre siempre la había visto como la mala de la historia, la que lo había abandonado en el pasado y casi lo arrastra al alcoholismo.

Pero para él, Vanessa significaba mucho más que eso.

Era una mujer a la que le debía cosas. Demasiadas cosas. Más de lo que cualquier persona en esa casa podría entender jamás.

Estaba a punto de abrir la boca para soltarle una grosería, cuando escuchó unos pasos acercándose por el pasillo y se tragó las palabras de inmediato.

Chloe entró a la habitación con un vaso de agua en la mano, pero se frenó en seco al notar la tensión que cortaba el aire.

Sus ojos se movieron de un lado a otro, analizando los rostros de Julian y Evelyn.

—Bueno, ya es tarde. Los dejo para que descansen. Buenas noches a los dos.

Evelyn salió de prisa, cerrando la puerta con cuidado tras ella. Apenas se fue, Chloe dejó el vaso sobre la mesita de noche y caminó directo hacia el armario.

—Solo venía por mi almohada —dijo sin voltear a verlo siquiera—. Ya me voy a la habitación de invitados.

Dio media vuelta para irse, su mano ya estaba apoyada en el pomo de la puerta cuando la voz de Julian la detuvo en seco.

—Quédate.

Ella se quedó congelada y giró la cabeza muy despacio para mirarlo con desconfianza.

—¿Perdona?

—¿Crees de verdad que mamá ya se fue a dormir a su cuarto? La conoces tan bien como yo; lo más probable es que esté vigilando escondida por el pasillo. Además... —hizo una pausa para desabotonarse el primer botón de la camisa—, tampoco es como si tuvieras la lepra. Por una sola noche que duermas aquí en la habitación no va a pasar nada malo.

Para él era algo simple, una mera cuestión de logística para evitarse los gritos de su madre.

Pero para Chloe era totalmente diferente.

Y por eso mismo su corazón empezó a latir con una fuerza descontrolada en el pecho.

A fin de cuentas, era la primera vez en tres años que les tocaba dormir solos en la misma recámara.

De pronto, un viejo y doloroso recuerdo de su noche de bodas se coló en su mente sin pedir permiso.

Julian había llegado pasado de copas a la recepción. Cuando por fin entraron a la suite del hotel, él se sentó en la orilla de la cama, la miró con los ojos rojos llenos de asco y le soltó sin piedad: «No te hagas ilusiones estúpidas. Jamás voy a tocarte. Nunca serás mi mujer de verdad.»

Luego se dio la vuelta, la dejó plantada y se marchó a dormir a otro lado.

Ella se había quedado sentada toda la santa noche en el borde de la cama, todavía con el costoso vestido de novia puesto, sintiendo cómo las lágrimas le arruinaban el maquillaje y enterraban para siempre sus ilusiones de casada.

Chloe parpadeó con rapidez para espantar el recuerdo, se armó de valor y se dirigió al armario. Sacó una almohada extra y luego estiró los brazos para alcanzar una cobija del estante de arriba.

—Dormiré en el sofá.

Julian la vio en silencio mientras ella armaba su cama improvisada con movimientos rápidos y ordenados.

No dijo nada para detenerla, en cambio agarró su ropa limpia y se metió al baño a dar una ducha.

Minutos después, salió del baño ya listo para dormir.

Para ese momento, Chloe ya se había puesto un antifaz negro para la oscuridad. Se había envuelto por completo en la manta y se acomodó de lado en el sillón. Después de un día tan pesado, ya no le quedaban fuerzas para seguir peleando con el carácter insoportable del ogro que tenía por esposo.

Sin embargo, desde la comodidad de la cama, al ver la silueta de Chloe acurrucada en el sofá, Julian dejó a un lado el teléfono con sus pendientes de oficina y se quedó un buen rato contemplándola en silencio.

«Julian, ¿vienes a cenar esta noche? Te preparé tu platillo favorito.»

«Julian, mira qué bonito está el atardecer desde aquí.»

«Julian... ¿por qué me odias tanto?»

Recordando tantas cosas de los primeros años, de repente vinieron a su mente los motivos por los que se había vuelto tan frío.

Llegó a la conclusión de que, si no hubiera descubierto aquellas páginas escritas en el diario personal que Chloe guardaba bajo siete llaves, tal vez se habría creído que el amor de ella era sincero. Y tal vez... solo tal vez, su matrimonio habría tenido una oportunidad de funcionar.

De pronto, su teléfono vibró con fuerza sobre la mesita de noche. Julian apartó los ojos de Chloe y miró la pantalla iluminada.

"Vanessa."

Dudó un segundo antes de tocar la pantalla. Volvió la vista hacia el sofá, comprobando que Chloe seguía inmóvil, profundamente dormida, o eso parecía y deslizó el dedo para contestar, se llevó el aparato a la oreja.

—¿Vanessa? 

Del otro lado de la línea, la voz de Vanessa se escuchó quebrada, débil y temblorosa:

—Julian... perdóname, sé que es muy tarde para llamar, pero... —hizo una pausa dramática y él pudo oír cómo respiraba con dificultad—. Mañana es el gran día. La cita con el especialista... Estoy muerta de miedo. No creo que sea capaz de ir sola a esto. ¿Podrías... podrías acompañarme, por favor?

El cerró los ojos con fuerza por un instante. Sabía perfectamente lo importante y delicada que era esa consulta para ella.

Pero, casi por instinto, volvió a mirar hacia el sofá.

La espalda de Chloe seguía dándole la espalda, tapada hasta los hombros con la cobija delgada, quieta como una piedra.

—Está bien —respondió él al fin, sin pensarlo más—. Mañana temprano estaré ahí contigo.

—Gracias, Julian. De verdad, gracias... no te imaginas cuánto significa esto para mí.

La llamada se cortó y el dejó el teléfono con mucho cuidado sobre el mueble, se recostó boca arriba en la cama y se quedó mirando fixamente el techo oscuro de la habitación.

En el sofá Chloe apretó los labios con tanta fuerza que terminó por morderlos hasta sentir el sabor metálico de la sangre en su boca.

Jamás se había dormido.

Había escuchado cada una de las palabras con absoluta claridad.

«Claro. Mañana estaré ahí.»

Unas lágrimas calientes empezaron a rodar en silencio por sus mejillas, empapando rápido la tela de la almohada. Se metió un extremo de la manta a la boca para ahogar cualquier sollozo que pudiera escaparse y traicionar su orgullo.

No quería que él la oyera llorar.

No le iba a dar esa clase de satisfacción.

Porque al final del día, ella tenía muy claro su lugar: era solo una esposa de papel.

Un nombre escrito en un contrato legal, pero jamás en su corazón.

Y entendió, con un dolor agudo en el alma, que algunas batallas se pierden incluso antes de dar el primer paso.

El corazón de Julian nunca había estado disponible para ella; porque desde el principio, ya tenía dueña.

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Teresa MaldonadoPues entonces quédate con Vanessa y asunto arreglado deja que choe encuntre un amor
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