Al amanecer, Diego apenas había dormido. Afuera, el mundo parecía suspendido en una calma artificial, como si la noche no hubiera terminado del todo.
Fue el sonido de pasos sobre la grava lo que lo sacó de su letargo.
Corrió hacia la entrada con el corazón encogido, temiendo lo peor. Pero no era una criatura, ni una visión salida del bosque.
Era una joven.
Estaba cubierta de barro hasta las rodillas, con una mochila desgastada al hombro y una chaqueta que alguna vez fue verde. Tenía el rostro p