El aire olía distinto esa mañana.
Diego lo notó al salir con sus hijas rumbo al sendero del bosque, como hacían cada domingo desde que se mudaron allí. El cielo estaba despejado, el sol filtraba su calor tímidamente entre las copas de los árboles, y todo parecía en calma.
Pero algo no encajaba.
Había una presión sutil pero constante, una opresión en el ambiente que no se podía ver ni tocar, pero sí sentir. Como si el mundo estuviera conteniendo el aliento.
—¿Vamos hasta la quebrada? —preguntó E