Pasaron varios días desde que Diego y Sasha descubrieron que sus hijas, Emilia y Lara, estaban destinadas a convertirse en el cuarto guardián. Cada día en el refugio era una mezcla de tensión contenida y pequeños intentos de normalidad. Sasha cocinaba para todos, Eugenia revisaba los símbolos una y otra vez, Alma y Aitana conversaban en susurros sobre posibles rituales mientras Elías descansaba, agotado por el peso del sello en su cuerpo.
Karen y Ashen discutían estrategias. Querían estar lista