El aire era espeso, cargado de una tensión que no podía verse, pero sí sentirse con cada latido. Diego y Aitana avanzaban en silencio por el sendero que conducía a la vieja estación de radio, siguiendo las marcas en sus brazos como brújulas ancestrales. Las criaturas, aquellas figuras distorsionadas por la niebla y el dolor, los observaban desde las sombras del bosque, agazapadas, respirando con dificultad, pero sin atacarlos. Había algo en los símbolos que portaban que las retenía, como si una