La carretera estaba desierta.
Las ruedas del auto salpicaban restos de la lluvia negra que aún cubría el asfalto como una piel podrida. Nadie hablaba. Solo el ronroneo del motor, los chirridos ocasionales del limpiaparabrisas, y el leve respirar de las niñas dormidas en el asiento trasero.
Eugenia iba en silencio, con la cabeza apoyada contra el vidrio, observando cómo los árboles pasaban a toda velocidad como si quisieran alcanzarlos. Diego, al volante, no dejaba de mirar por el retrovisor. La