La lluvia negra empapaba sus rostros, dejando un rastro viscoso que no se secaba. No era agua. Era como si el cielo sangrara.
Diego alzó la vista. Las nubes giraban lentamente, formando un vórtice silencioso donde relámpagos sin luz parpadeaban como ojos abiertos. En lo profundo del cielo, algo se movía. No podía verlo con claridad, pero lo sentía: algo gigantesco, como una bestia dormida girando en sueños, empujando su aliento a través del velo rasgado.
—Tenemos que irnos de aquí —dijo Sasha,