Diego despertó con un jadeo ahogado, como si emergiera de un mar oscuro. Cada respiración era fuego dentro de sus costillas vendadas. El dolor lo mantenía anclado al mundo, aunque por momentos deseaba que lo dejara flotar a la deriva. No sabía cuánto tiempo había pasado desde la batalla en el refugio. Tal vez horas, tal vez días.
Sus ojos vagaron por el cuarto tenuemente iluminado. El techo de madera crujía suavemente, como si respirara con él. Sasha estaba allí, sentada junto a su cama, sujeta