39. ERES MI AMADA MATE
RHETT
Sabía que pensaba que la había despreciado, eyaculando afuera como lo haría con cualquiera de mis amantes de una noche.
Mis brazos se cerraron como grilletes alrededor de ella y la acosté sobre la cama, contra las almohadas.
Me subí sobre su cuerpo tenso.
Sostuve sus muñecas, colocándolas por encima de su cabeza y me incliné para presionarla.
—No necesito fingir nada —confesé contra su oído.
Había girado la cabeza a un lado para rehuirme, pero quisiera o no me escucharía.
—Hacerte el amor