23. EN LAS GARRAS DEL ALFA
BLAIR
Aun así, no me detuve.
—Blair, espera... —me dijo en voz baja, pero yo estaba en modo becerra ofuscada.
—No seas testaruda. Estás herida, déjame llevarte —esos dedos fuertes fueron a cerrarse en mi brazo, pero lo jalé a tiempo.
—La última vez le dije que no quería nada suyo. Si ya resolvió su asunto, déjeme en paz. ¿O viene a acusarme ahora?
Lo fulminé con la mirada llena de hostilidad.
Se apretó el puente de la nariz como si le causara una gran frustración.
Vestido con una cazadora marr