Andrés tardó cuarenta minutos en leer el contrato completo. No porque fuera largo —eran dieciocho páginas, un documento perfectamente razonable para una operación de esa escala— sino porque cada vez que llegaba a una cláusula nueva, necesitaba detenerse, releerla, y confirmar que efectivamente decía lo que creía que decía. Era el tipo de lectura que se hace cuando uno espera encontrar un error y va descubriendo, página tras página, que el error no está en el documento sino en haber firmado ese