El amanecer llegó sin permiso, como suele hacerlo cuando uno preferiría que el tiempo se detuviera en algún punto conveniente de la noche anterior. Andrés lo vio filtrarse por las persianas de la habitación 412 con la misma expresión con que un hombre observa una citación judicial: reconociendo que era inevitable, lamentando que hubiera llegado tan pronto.
Valentina dormía.
No era información que él hubiera buscado activamente, pero tampoco podía ignorarla dado que ella ocupaba los dos tercios