La fotografía llegó antes que el café.
Valentina lo supo porque su teléfono vibró tres veces seguidas a las seis cuarenta y dos de la mañana, que era exactamente el tipo de hora a la que solo ocurren catástrofes o mensajes de su madre, ambas categorías igualmente devastadoras. Tomó el aparato con la parsimonia de quien todavía no ha decidido si quiere pertenecer al mundo de los despiertos, y entonces lo vio.
Era una fotografía nítida, tomada desde el pasillo del hotel con la puerta entreabierta