Elisa tenía el tipo de belleza que no pedía permiso. No era ostentosa ni calculada; era simplemente ahí, instalada en sus rasgos con la comodidad de quien ha vivido mucho tiempo en el mismo lugar. Cuarenta y pocos años, cabello oscuro con algunas canas que llevaba sin disculparse, y una manera de ocupar el espacio que Valentina identificó de inmediato como la de alguien que ha tenido que ganarse cada centímetro de él.
La encontró esperando en la sala de reuniones del piso doce, con un café que