La carpeta seguía abierta sobre la cama cuando Valentina entró sin llamar.
Era un hábito que había desarrollado en los últimos días, el de no anunciar su presencia, como si la sorpresa pudiera revelar algo que la cortesía ocultaría. Lo que no había calculado era encontrar a Andrés de pie frente a la ventana, con los brazos cruzados y la expresión de alguien que lleva horas esperando una conversación que no sabe cómo empezar.
—Sabía que vendrías —dijo él, sin voltearse.
—Qué conveniente —respond