CAPÍTULO 215 — Despedidas y regalos de futuro
A pesar de las advertencias médicas y los regaños de Fátima (quien la llamaba cada tres horas para verificar que estuviera descansando), Isabella no podía evitar trabajar. El reposo físico era obligatorio, sí, pero su mente necesitaba actividad. Si no trabajaba, si no ocupaba sus manos en crear belleza, su cerebro tenía la mala costumbre de vagar hacia los pasillos del hospital, hacia la incubadora donde dormía Victoria, y hacia la mirada triste de Gabriel.
Estaba revisando los costos de importación de la seda cuando el timbre sonó, sobresaltándola.
Isabella miró el monitor de la cámara de seguridad. En la pantalla pequeña, vio a Alejandro y a Estela sonriendo a la cámara. Alejandro cargaba un paquete enorme, envuelto en papel plateado con un lazo rosa exagerado que casi le tapaba la cara.
Isabella sonrió y presionó el botón del intercomunicador.
— ¡Hola, querida! —la voz distorsionada de Estela sonó alegre—. Te venimos a ver. Y traemos re