CAPÍTULO 215 — Despedidas y regalos de futuro
A pesar de las advertencias médicas y los regaños de Fátima (quien la llamaba cada tres horas para verificar que estuviera descansando), Isabella no podía evitar trabajar. El reposo físico era obligatorio, sí, pero su mente necesitaba actividad. Si no trabajaba, si no ocupaba sus manos en crear belleza, su cerebro tenía la mala costumbre de vagar hacia los pasillos del hospital, hacia la incubadora donde dormía Victoria, y hacia la mirada triste de