CAPÍTULO 214 — La tregua de los hombres rotos
El pasillo de neonatología tenía esa acústica particular de los lugares sagrados, donde el sonido de los pasos se amortigua y las palabras se susurran como oraciones. Gabriel llegó con el paso cansado pero firme, trayendo consigo el olor a ciudad y a batallas legales recién libradas. Su mente todavía repasaba las estrategias contra Bárbara y Larrea, pero al doblar la esquina que llevaba al ventanal de la UCI, el mundo exterior se desvaneció.
Frente al cristal, observando la incubadora donde dormía Victoria, había un hombre.
Gabriel se detuvo a unos metros, reconociendo la figura de inmediato por la postura de los hombros y la chaqueta de cuero gastada que solía usar en la obra. Era Alejandro.
Por un instante, el instinto territorial de Gabriel se encendió. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué mira a mi hija? Pero el impulso murió antes de convertirse en acción. Recordó la noche de la transfusión. Recordó a Alejandro sentado en el suelo, llorando de im