CAPÍTULO 168 — La trampa de Bárbara parte I
El nuevo apartamento de Gabriel era un monumento a la soledad costosa. Situado en el último piso de una de las torres más exclusivas de la ciudad, el penthouse olía a pintura fresca, cuero virgen y vacío. No había fotografías en las repisas, no había flores en los jarrones, no había calidez. Era un espacio diseñado para impresionar, no para vivir; un búnker de cristal desde el cual se podía ver la ciudad entera sin que nadie pudiera tocarte.
Gabriel estaba de pie frente al inmenso ventanal, con un vaso de whisky escocés en la mano. El líquido ámbar brillaba bajo las luces empotradas del techo, reflejando el caos que hervía en su interior. Llevaba la camisa desabotonada en el cuello y las mangas arremangadas, señales de un hombre que ha terminado su jornada laboral pero que no encuentra descanso en su hogar.
Su teléfono estaba sobre la isla de mármol de la cocina, con la pantalla apagada, pero la imagen que había visto horas antes seguía gra