CAPÍTULO 166 — El precio de la dignidad
La puerta de su despacho se abrió suavemente, interrumpiendo los pensamientos de Isabella.
Fátima entró con una bandeja en las manos y una sonrisa que iluminaba la habitación. El aroma a pan tostado y café recién hecho inundó el espacio, provocando en Isabella una mezcla de antojo y náusea leve que logró controlar respirando hondo.
— Hola, mis corazones —saludó Fátima con dulzura, depositando la bandeja sobre el escritorio, apartando con cuidado los papeles—. ¿Cómo estás? Te traigo el desayuno de campeonas: un café descafeinado, porque ya sabemos que la cafeína está prohibida para la futura mamá, y unas tostadas de aguacate con un toque de limón, tal como te gustan.
Isabella miró la comida y sintió una oleada de gratitud. Fátima se había convertido en su guardiana, su enfermera y su confidente en tiempo récord.
— Fátima, no es necesario que me mimes tanto —dijo Isabella, aunque tomó una de las tostadas con ganas—. Tienes tus propias responsabili