Si algo bueno tenía Mauricio, según sus amigos, era que absolutamente todo en su vida estaba organizado.
No dejaba nada al azar.
Cada actividad, cada entrenamiento y cada clase estaban anotados en una agenda perfectamente ordenada. Para él, improvisar era perder el tiempo.
Lástima que, por mucho que intentara controlar cada aspecto de su vida, había algo que jamás podría organizar.
Su corazón.
Con todo listo para iniciar la universidad, decidió llamar a sus amigos.
—¿Cómo están, chicos?
—Felice