Con el problema finalmente resuelto, los cuatro se quedaron un rato más jugando con los niños del orfanato.
En los últimos meses, Camila había empezado a ir con mucha frecuencia a ese lugar. Era su refugio, la manera más sencilla de evitar encontrarse con Eduardo y Sofía para que no volvieran a hablarle de Mauricio.
Después de perseguir a unos pequeños por el patio, Mauricio se llevó una mano al estómago.
—Chicos, ¿dónde almorzamos?
Eduardo respondió sin pensarlo.
—No sé tú, pero yo voy a comer