Mientras Isabel y William se perdían en su amor y promesas mutuas, sin percatarse de las miradas acechantes de los oscuros rincones de la habitación, Carmina, la protegida de William, los observaba con una mezcla de furia y desesperación. Ninguno sospechaba la enfermiza idea que la chiquilla tenía en mente.
Carmina había sido testigo del amor que William y Isabel compartían desde el principio. Se había enamorado perdidamente de él, pero su posición como protegida y el compromiso de William