La cabaña de lujo, situada en el límite del bosque nevado, era un refugio de madera de cedro y cristal. A unos cinco kilómetros al este, los machos de la manada celebraban su propia versión de una fiesta, lo cual, según los informes de seguridad, implicaba que Bjorn estaba intentando derribar árboles a cabezazos mientras Eirik bebía whisky de quinientos euros mirando al horizonte con melancolía asesina.
Pero en la cabaña de las chicas, la atmósfera era un campo de batalla cultural.
Astrid, la guerrera del norte y compañera de Bjorn, estaba de pie junto a la mesa de centro. Sostenía una diadema de plástico con antenas en forma de penes rosados y brillantes. La miraba con la misma intensidad analítica con la que inspeccionaría una trampa para osos defectuosa.
—Sigo sin encontrarle la lógica estratégica —murmuró Astrid, girando el objeto bajo la luz de la lámpara de araña—. ¿Es un tótem de fertilidad? ¿Se usa para intimidar a las hembras rivales mostrando los trofeos castrados de los ene