Mikael ni siquiera esperó a llegar a la habitación. En cuanto la puerta de la suite principal se cerró, bloqueando el ruido de la fiesta lejana, él la empujó suavemente contra la pared.
—Llevo toda la noche pensando en arrancarte ese vestido —gruñó Mikael, sus manos grandes recorriendo la seda plateada que cubría las caderas de Elena.
—¿Y a qué esperas? —desafió ella, mordiéndose el labio.
Mikael no usó las manos. Usó sus dientes. Con un movimiento preciso y salvaje, mordió el tirante del vesti