Mikael ni siquiera esperó a llegar a la habitación. En cuanto la puerta de la suite principal se cerró, bloqueando el ruido de la fiesta lejana, él la empujó suavemente contra la pared.
—Llevo toda la noche pensando en arrancarte ese vestido —gruñó Mikael, sus manos grandes recorriendo la seda plateada que cubría las caderas de Elena.
—¿Y a qué esperas? —desafió ella, mordiéndose el labio.
Mikael no usó las manos. Usó sus dientes. Con un movimiento preciso y salvaje, mordió el tirante del vestido y tiró. La seda fina se rasgó con un sonido erótico, dejando caer la tela al suelo en un charco plateado.
Elena quedó expuesta ante él, vestida solo con lencería de encaje negro que contrastaba deliciosamente con su piel almendra.
Mikael cayó de rodillas ante ella. No como un súbdito, sino como un devoto ante su altar. —Eres perfecta —murmuró, sus manos ásperas acariciando los muslos de ella, separándolos.
Elena jadeó y enredó sus dedos en el cabello largo de Mikael cuando él pegó su boca a l