5 Años Después.
El Salón del Trono de la Mansión del Bosque Oscuro ya no tenía flores ni decoraciones cálidas. Las cortinas de terciopelo habían sido retiradas. Ahora era un espacio de mármol negro y acero, minimalista y frío.
En el centro, sentado en un trono de madera tallada y obsidiana, estaba Eirik Berg. A sus 30 años, era la imagen de la perfección física y la desolación espiritual. Su rostro era hermoso, pero inexpresivo como una estatua. Sus ojos violetas no brillaban con curiosidad; brillaban con la frialdad de una estrella muerta.
Frente a él, un Alfa de una manada del sur de Francia estaba arrodillado, temblando. —Supremo... por favor... —suplicó el hombre—. Fue un error. Desvié fondos de la Coalición para pagar deudas de juego. Pero lo devolveré. Tengo familia. Tengo cachorros.
Eirik lo miró. No parpadeó. —Robaste recursos destinados a la seguridad global —dijo Eirik. Su voz era suave, monótona, pero resonaba en las paredes con una autoridad absoluta—. Pusiste en peligro l