La sede de Helsinki BioTech se alzaba como un monolito de cristal y acero, una aguja estéril clavada en el cielo gris y plomizo de la capital. Allí no había suciedad, ni rastro de nieve, ni el olor metálico de la sangre. Todo era blanco, ofensivamente brillante y envuelto en un silencio de quirófano.
Ingrid avanzaba por los pasillos inmaculados, arrastrando ligeramente la pierna izquierda. Llevaba ropa limpia, un traje gris de corte ejecutivo que los asistentes le habían facilitado, pero bajo l