La doctora Valo terminaba de ajustar el suero cuando Elena abrió los ojos. Pero no eran los ojos cansados de una paciente. Eran brillantes, vibrantes, casi febriles.
La transfusión de energía de Mikael no solo la había estabilizado; la había sobrecargado. Elena sentía como si tuviera electricidad chisporroteando bajo la piel. Cada terminación nerviosa de su cuerpo estaba despierta, gritando, exigiendo estímulo.
—Tus constantes son increíbles —murmuró la doctora, revisando el monitor—. De hecho, están un poco altas. Deberías descansar para...
—Doctora, salga —la interrumpió Elena. Su voz no era débil; era una orden.
La doctora parpadeó, confundida. —¿Perdón, Luna?
—Salga. Ahora. —Elena se sentó en la camilla, sus movimientos fluidos y rápidos. Miró a Mikael, que estaba apoyado contra la puerta cerrada, todavía con el pecho desnudo y respirando pesadamente tras el esfuerzo—. Y bloquee la puerta desde fuera. Nadie entra bajo pena de muerte.
Mikael alzó una ceja, intrigado por el cambio r