La doctora Valo terminaba de ajustar el suero cuando Elena abrió los ojos. Pero no eran los ojos cansados de una paciente. Eran brillantes, vibrantes, casi febriles.
La transfusión de energía de Mikael no solo la había estabilizado; la había sobrecargado. Elena sentía como si tuviera electricidad chisporroteando bajo la piel. Cada terminación nerviosa de su cuerpo estaba despierta, gritando, exigiendo estímulo.
—Tus constantes son increíbles —murmuró la doctora, revisando el monitor—. De hecho,