La oficina de Matthews en Quantico estaba iluminada únicamente por la luz azulada de las pantallas. Afuera llovía, y el golpeteo constante contra las ventanas le daba al ambiente un aire monótono. Matthews repasaba una y otra vez los reportes recibidos de Grayhaven. Las fotos de las escenas, los nombres de los testigos, los patrones que parecían no encajar. Todo olía a conspiración, pero aún no tenía la pieza que lo confirmara.
El reloj marcaba casi la medianoche cuando se abrió la puerta.