La mansión Barrymore estaba en penumbras, iluminada solo por la luz anaranjada de la chimenea. Judy se paseaba lentamente frente a Ethan, copa de vino en mano, vestida de seda carmesí, con esa mezcla de sofisticación y amenaza que la convertía en una reina oscura de Grayhaven.
Ethan la observaba desde el sillón, con el gesto contenido de un hombre acostumbrado a negociar, pero que comprendía que con Judy Barrymore no se negociaba: se obedecía o se pagaba el precio.
—Ethan —dijo ella, con voz su